El periodista César Hildebrandt, no necesita de aniversarios, para expresar su opinión de “el muertito” Castañeda como prefiere llamar al alcalde de esta vieja ciudad.
De Castañeda y de otras personas que participan de la vida y gestión de “Lima la horrible”, puede decir o escribir, todas las cosas que estime convenientes. También es libre de poder hacerlo, cuando se trata de hechos que se les atribuye o que se les pudiera atribuir a esas personas. La libertad que tiene Hildebrandt para escribir es algo que no está en discusión y que nadie le puede cuestionar.
Sin embargo, esa libertad irrestricta, que él tiene a su disposición, es algo que yo también puedo utilizar para decir lo que me parece. En su caso, esa libertad tiene que utilizarla con moderación, porque su opinión, - muchas veces ganada por el entusiasmo momentáneo- puede herir o zaherir el buen nombre de personas que ya no tienen capacidad de defenderse.
Ahora, me refiero de manera especial, al artículo de Hildebrandt publicado en el diario
Comparar a Alfonso Barrantes con un traficante de terrenos y decir que su obra la podía haber hecho Herminio Porras, es una infamia que no tiene nombre. Sin embargo, esa calumnia a Barrantes no le afecta en nada. Negarle a Barrantes su condición de líder, es una estulticia de marca mayor, porque Barrantes, fue elegido alcalde de la ciudad de Lima. Pretender negar lo que es evidente a todas luces, es como querer tapar el sol con un dedo.
Realmente, me parece bochornoso y escapa a cualquier justificación lo que se ha dicho en ese periódico. Es más, constituye un agravio gratuito inexcusable, que no sólo ofende la memoria de Alfonso Barrantes, sino que también afecta a todo el sector ciudadano que se benefició de una política citadina preocupada por el bienestar de la gente.
En este caso, Hildebrandt nos debe una doble disculpa. Tanto a Alfonso Barrantes,( que ahora ya no puede defenderse) así como a la ciudad que alegremente ha ofendido. No se trata de una disculpa, que pueda convertirse en una agresión mayor, debida a su inmanejable espíritu crítico, o su secuela más frecuente: la hipercrítica incontrolada que parece dominar todos sus actos.
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