domingo, 20 de enero de 2008

Hilldebrandt ataca a Alfonso Barrantes


El periodista César Hildebrandt, no necesita de aniversarios, para expresar su opinión de “el muertito” Castañeda como prefiere llamar al alcalde de esta vieja ciudad.

De Castañeda y de otras personas que participan de la vida y gestión de “Lima la horrible”, puede decir o escribir, todas las cosas que estime convenientes. También es libre de poder hacerlo, cuando se trata de hechos que se les atribuye o que se les pudiera atribuir a esas personas. La libertad que tiene Hildebrandt para escribir es algo que no está en discusión y que nadie le puede cuestionar.

Sin embargo, esa libertad irrestricta, que él tiene a su disposición, es algo que yo también puedo utilizar para decir lo que me parece. En su caso, esa libertad tiene que utilizarla con moderación, porque su opinión, - muchas veces ganada por el entusiasmo momentáneo- puede herir o zaherir el buen nombre de personas que ya no tienen capacidad de defenderse.

Ahora, me refiero de manera especial, al artículo de Hildebrandt publicado en el diario La Primera el 18 de Enero del 2008, en el que sin ningún rubor expresa:” Todo lo que Lima pudo ser boqueó postreramente cuando Barrantes llamó a bailar cumbia sobre las invasiones consumadas –fingiendo que era líder cuando lo que hacía lo hubiera podido hacer Herminio Porras-“.

Comparar a Alfonso Barrantes con un traficante de terrenos y decir que su obra la podía haber hecho Herminio Porras, es una infamia que no tiene nombre. Sin embargo, esa calumnia a Barrantes no le afecta en nada. Negarle a Barrantes su condición de líder, es una estulticia de marca mayor, porque Barrantes, fue elegido alcalde de la ciudad de Lima. Pretender negar lo que es evidente a todas luces, es como querer tapar el sol con un dedo.

Realmente, me parece bochornoso y escapa a cualquier justificación lo que se ha dicho en ese periódico. Es más, constituye un agravio gratuito inexcusable, que no sólo ofende la memoria de Alfonso Barrantes, sino que también afecta a todo el sector ciudadano que se benefició de una política citadina preocupada por el bienestar de la gente.

En este caso, Hildebrandt nos debe una doble disculpa. Tanto a Alfonso Barrantes,( que ahora ya no puede defenderse) así como a la ciudad que alegremente ha ofendido. No se trata de una disculpa, que pueda convertirse en una agresión mayor, debida a su inmanejable espíritu crítico, o su secuela más frecuente: la hipercrítica incontrolada que parece dominar todos sus actos.

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